Por Mitzi Valeria Ramos Medina

Él no sabía por qué, pero se iba consumiendo días tras día. Se notaba en sus ojos amarillos, en sus profundas ojeras, en su piel seca, su boca seca, su alma seca.
Yo por el contrario, me sentía viva, me venía más color a la piel y más sangre a mis labios, y más alma a mi cuerpo. Y cada noche el sueño me alimentaba de vida, mientras que a él lo alimentaba de muerte.
Entonces lo entendí; el día que me veía más hermosa, que sentía más mi cuerpo y me movía con más gracia, fue cuando mis pasos me llevaron hasta su boca y lo besé por primera vez, y los dos sabíamos que sería la última.
Lo miré agonizando y no quedó duda.
Decidí deshacerme, decidí que viviera.
