Fue miércoles; la noche se estremecía en la nada, contemplando desde su existencia el corazón de los humanos.
Se perdieron las razones entre las sábanas. Se mordieron los recuerdos con cada una de las extremidades que los completaban.
Las risas explotaron desde el interior y se componían de nuevo las pequeñas partecitas para un nuevoBig Bangen las entrañas. Se resumieron en uno solo, entre besos y tactos, entre aires respirados cerca de la oreja, que enchinaban las pieles de los oponentes.
Se dijeron tanto y más que no se podría terminar nunca de escribir con palabras, se marcaron transparentemente los caminos, quedando su tatuaje impreso entre las montañas de los paisajes de mujer y los de hombre.
Este inicio se esparce en las vidas que quedan, en la corta larga línea de los encantados, situados a distintas proximidades parentales; circulados en el campo de batalla, donde la imaginación es la única pasajera en el viaje orgásmico de los enamorados.
La noche es ahora… la mañana, el día. Se dedican exclusivamente a su tiempo, en el acuerdo mutuo de sus apariciones inmortales.
Amanecí aparentemente bien. Supongo que todos los días es igual. Me he cansado de ser siempre paciente, de hacer las cosas “bien”, de todo…
Hoy más que todos los días, siento que la gente me da asco, que me repudia. Lo siento en el estómago. En el estómago, en la cabeza, con las manos, con el corazón acelerado.
Hace muchísimo no experimentaba sentimientos de rabia. Y no es específicamente hacia alguien, es en general.
Me da lástima la gente. Saber que estoy consciente de esta burda porquería en la que vivimos deja sin sabores y grandes razones para que cualquiera quede atónito.
Tal vez antes nunca lo vi así. Supongo que por eso es importante no perder la esencia de niño.
A pesar del pusilánime escrutinio de las cosas tangibles se pueden encontrar escasos tesoros (no precisamente materiales) que le dan mucho sentido a lo poco que queda. Por eso la idea de muerte forzada no es relevante. Ella es más venidera así sola, por sí misma, fresca, sorpresiva.
Temer cuando la sangre no hierve. Temer cuando tu madre no llama. Temer porque el devenir no empieza ni termina.
Cuando la opción termina, no distingues ni difieres. Si me eliges te espero, pero si no me eliges te destierro. Y si espero te quiero, pero si no llego me muero.
Y vivo para estudiar. Y estudio para tener carro y casa. Y tengo bienes para tener hijos. Y tengo hijos para que estudien y tengan bienes. Y mis hijos tendrán hijos que estudien y tengan bienes…y ellos tendrán hijos y tendrán bienes… pero no sé si serán libres… pero viven.
Mejor me muero sin tenerlos… pero si no los tengo no comprendo, y me reviento. Porque la vida no son cien años, sino infinita. Mil años de experiencia, para que apresurarse sin en tenderla.
Una vez más los fantasmas me rodean, me quieren atrapar en sus juegos de violencia que no son más que vientos fuertes de sus almas en pena, que buscan sin motivos razones para existir.
Existir rodeado de gente muerta no tiene mucho sentido, mejor sería vivir abrazado a tu cuerpo, sentidos que por la noche transpiran sangre de tanto latir.
Pasiones que duele por reprimirse y no poder gritarte ¡cuánto es que te necesito!, sobre todo en horas en donde sólo tu recuerdo me hace respirar, insomnios que se llenan de melancolías.
Tragos de licor que me ayudan a no volverme loco, loco de tu ausencia, loco de ti, una vez más los fantasmas me visitan, a veces prefiriera que tu sombra me acompañara por los caminos que recorro.
Noches con una luz de luna que me repiten a cada instante, las emociones que se sienten cada que algún insospechado sentimiento se apoderan de mi ser, de mis sentidos.
Una vez más, los fantasmas del recuerdo me quieren atrapar entre pesadillas, que cada día son más fuertes por no tenerte a mi lado, ando siempre en busca de esperanzas que maten el tiempo sin ti.
En busca del sueño que me persigue desde pequeño, he intentado bajarte las estrellas pero me he dado cuenta que a veces la imaginación no es tan fuerte como los pensamientos.
Las horas pasan como la vida, como un suspiro, el tic-tac del reloj me retumba en la memoria como el recuerdo de tus ojos en mis ojos, como el abrazo de amor que sólo se disfruta a tu lado.
El mareo causado por la falta de sueño pesa tan decidido como el rocío alcoholizado después de una noche de bohemia errante; recuerdo el ayer con la cabeza mezclando las voces, los olores y los dolores, estoy en medio de la nada, entre el sudor impregnado de nicotina y la saliva adquirida por el alcohol compartido.
¿Duermo o sigo la historia? Asalta la pregunta, en tanto los dedos se mueven tejiendo sinrazones, sigue la fe de encontrar quien se conmueva, quien se pueda hacer cargo de tantas historias tan mal contadas, tan mal vividas y tan mal saboreadas; volteo a mi cama mientras los dedos se mueven, está sola, no hay quien la atienda pues mi cuerpo acaso es un visitante inerte, amorfo, que necesita sus sabanas aun en el verano, pues el frio del alma pega más a medio año.
Calmo mis dedos para aplacar mi cabeza, detengo el mareo y regreso al destino, ese que marca mis horas y días, el que hace que anhele todo y me quede sin nada.
Duermo en la queja envejecida, he olvidado regalarme la risa del encanto robado, el que aprehendía en las distracciones ajenas; me quemo lento en los anales del exceso mientras la memoria se embriaga en el cansancio epidérmico. Bebo la muerte de la vida confusa, la que no deja más fe que la vanidad satisfecha; ya no quedo en nadie más pues me alejo del placer, vuelvo a las sabanas, ahora limpias pues no he podido ennegrecerlas con nada y con nadie, y miro al techo y duermo con la pupila dilatada.
Muero en la vivencia interdícta, en la imposibilidad de realizarme sin cronologías y condenarme a la representación la experiencia. Vivo entre el grito ahogado de todos los que he callado en el abandono.